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Un Mal y su Remedio

Vuestra iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír. - Isaías 59:2.

¿Cómo un ser humano, limitado por el espacio, por el tiempo y por su propia naturaleza, podría comprender a Aquel que es eterno? Es necesario que Dios mismo se digne revelarse. Y Jesucristo vino al mundo para traernos el conocimiento de Dios. ¿Acaso el Creador no se interesaría por su criatura? Al verla perdida quiso salvarla. Pero entre Dios y nosotros se levanta una barrera: el pecado.

Los hombres no quieren tomar en serio este mal, ante el cual están continuamente confrontados, ya que se halla en su propio corazón. Minimizan su gravedad y hasta hacen de él un motivo de broma.

A veces se distingue entre “pecado venial” y “pecado mortal”, pero ante Dios todo pecado es mortal, porque necesitó la muerte de Cristo para expiarlo. Todos los seres humanos, aun los más juiciosos y virtuosos, son pecadores y, por esa razón, merece permanecer eternamente lejos de Dios.

Las religiones fundadas por los hombres pretenden ofrecer respuestas a la atormentada conciencia del ser humano que busca la paz con Dios. Pero sólo dan respuestas ilusorias porque proponen al individuo conseguir esta paz por sus propios medios. No hacen más que halagar su orgullo, dejándole creer que es capaz de merecer su salvación. La salvación sólo puede provenir de Dios y además ser gratuita.

Dios aborrece el pecado, pero ama al pecador y quiere reconciliarlo con él. En su amor, nos dio un Salvador, Jesucristo, quien nos sustituyó soportando en la cruz la justa ira de Dios.