
¿Cómo? El Dios eterno, infinito, se hizo un niño vulnerable, luego un modesto carpintero en la persona de Jesús. Sufrió una muerte atroz en la cruz. Luego volvió a la vida. ¿A través de ello, Dios puede declararme justo, por la muerte de su Hijo? ¡Imposible, mi razón se opone!
Sí, porque estas asombrosas afirmaciones justamente revelan a un Dios digno de este nombre. No es un Dios a mi medida, producto de mis ideas. Es un Dios trascendente, cuyos pensamientos superan totalmente lo que puedo concebir. Entonces abandono mi pretensión de hacer de mi razón el supremo juez. Humildemente escucho a Dios. Él habla en la Biblia e incluso presenta pruebas a mi inteligencia: el milagro de la creación, el de la resurrección de Jesucristo y el de muchas profecías cumplidas…
Así mi fe esclarece mi razón. Vuelve a formar mis pensamientos profundos, mis secretas creencias, y transforma todo mi comportamiento afectivo e intelectual. No creo sin comprender, sino que creo para comprender y aceptar los pensamientos de Dios. De esta forma mi inteligencia se activa para descubrir el plan de la gracia de Dios, cuyo centro es Jesucristo. Él es “el primero y el último”, el hombre humillado y el Hijo de Dios a la vez. Su presencia y su amor me iluminan y me consuelan cada día.